17/ Merluza

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Reunión de padres en la guardería. Tema: el menú de las comidas. Se me ocurre preguntar si la merluza es fresca, de la ría. Los asistentes, en su mayoría madres, estallan en una sonora carcajada. La he vuelto a fastidiar. Se nota que hace tiempo que no me paso por el mercado, quizás toda la vida. “Yo realmente lo preguntaba por el anisakis”, intento arreglarlo como puedo. Pero ya es tarde. Ya me han tomado por tonto. Me siento como Rajoy, cuando lo que salía por su boca no reflejaba su pensamiento y todo el mundo se le echaba a la yugular. Cuando salgo de la guardería me meto en el primer bar que encuentro. Pido un gintonic y me gasto el dinero de la vuelta en la máquina tragaperras. Discuto con un borracho sobre la última encuesta del CIS. Le compro a un vendedor ambulante un mechero que no funciona. Salgo a la calle a fumar. Mi mujer me llama al móvil. Quiere saber cómo ha ido la reunión. Le cuento lo de la merluza y se parte de risa. No puedo ni hablar, de tanto que ríe. Hay días que es mejor no despertar.

16/ La novia de Luis

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Para presentarnos a su novia, Luis nos invitó a cenar a su casa. Algo sencillo. Jamoncitos de pavo rellenos y ensalada, todo ello regado con mucho vino. La mujer en cuestión se llamaba Julia. Tenía unas ojeras profundas y pinta de haber ingerido un buen cóctel de tranquilizantes. Su conversación era muy amena: “España es un estercolero infecto“, afirmó, cuando rozamos ligeramente el tema de la situación política del país. “Es la vida lo que carece de sentido. Muchas mañanas no puedo levantarme, ante el solo pensamiento de poner un pie en la calle“, dijo, cuando mi mujer se quejó de algo que no recuerdo. “No tengo hambre. En general como poco, todo me da asco“, nos informó, al comentar yo que no solía cenar mucho. “Cuando cierro los ojos me cuesta volver a abrirlos. La vida es una carga insoportable“, dijo, y no precisamente bebida. En fin. Una velada muy agradable. Como para repetir, la próxima vez en mi casa y con un flameado de gasolina de postre. En un momento dado, la mujer se excusó para ir al baño, momento que aproveché para preguntarle a Luis que a qué se dedicaba su amiga. “Ayuda a domicilio“, respondió. Mi mujer y yo nos miramos, aterrorizados. Amor mío, prométeme que cuando toque, me cambiarás los pañales. Yo prometo cambiártelos a ti, hagamos un juramento de sangre.

15/ Turista

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Hay ciudades que necesitan de operaciones quirúrgicas inmediatas. Hay ciudades en lista de espera en el hospital del mundo. Hay ciudades que esperan un trasplante de calle, de plaza, de estación ferroviaria. La ciudad donde vivo es una de ellas. Camino por sus tejidos, me siento en sus tejados, arrojo la basura en contenedores como quien guarda un tesoro, y siempre me compadezco de sus partes enfermas, dolientes, últimas. Vivo en una ciudad de calles trasplantadas en continuo rechazo, y esa lucha, y esa incomodidad se transmite a sus habitantes. Calles que no nos pertenecen. Calles de ciudades que decidieron donarlas. Calles bellas como orcos, moteadas por el impacto de los chicles. Calles que no quieren que se les llame calles, que no se identifican. Muelles de otros océanos. Travesías y bulevares donde los amantes raramente se encuentran. Alcantarillas de Londres. Rotondas de El Cairo (una vez fui un turista, un tipo que viajaba por placer; ahora solo viajo en busca de donantes: la ciudad me envía).

 

14/ Cinco años

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Cinco años sin ir al dentista. “Creíamos que habías muerto”, me dice la secretaria –más delgada que hace un lustro-, mientras me pide que espere en la sala vacía. Cojo una revista cualquiera. No me concentro. La última vez que estuve aquí no conocía a mi mujer, no tenía una hija y todavía reinaba Juan Carlos I. Me asomo a una ventana que no se puede abrir. No sería la primera vez que alguien se quitase la vida ante la perspectiva de un empaste, de un drenaje gingival. De la pared cuelga un taco calendario del Corazón de Jesús. Leo la cita que acompaña el día de hoy: “Ojo por ojo, diente por diente”. Qué casualidad. Y qué poco cristiano. Los valores se están desmoronando, como España, como mi dentadura. La última vez que vi el taco fue en los pasillos de la Audiencia Nacional. Un Tweet desafortunado me puso entre rejas. Cinco años sin ir al dentista. La última vez que estuve aquí no conocía a mi mujer (mi abogada), no tenía una hija (concebida en prisión) y uno todavía podía decir lo que le diera la gana sin acabar sentado en un banquillo.

13/ Una ayuda inesperada

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Cuando la camarera posó el café y el platito con los churros en la mesa, levanté la mirada del periódico y comprobé que le temblaba el pulso. Miré sus ojos y comprobé que estaban vidriosos. En ese momento, leía una noticia que hablaba de la misteriosa sustracción de material radiactivo contra el cáncer del hospital Meixoeiro de Vigo. Pero dejé de leer y le pregunté a la camarera qué le pasaba. “Son las navidades“, me dijo. Ah, pensé. Tiene nostalgia de su país. Ecuador, Perú,  Colombia, quizás Venezuela. “No -me dijo ella, que ya se había metido en mi cabeza-. Es que mañana es el primer domingo en que abren todas las tiendas, y por eso el jefe nos obliga a abrir la cafetería todos los días, de lunes a domingo. Estoy perdida. Ni un día de descanso. Maldito explotador sin escrúpulos“. “Tranquila“, le dije. Cogí el abrigo y extraje un frasco con un líquido incoloro en su interior. Se lo entregué a la camarera, con la instrucción de que vertiera unas gotitas en el gintonic que el jefe se tomaba todas las tardes. Ella sonrió y se fue, mientras yo volvía a la noticia de la sustracción de material radiactivo del hospital Meixoeiro, de Vigo.

 

 

12/ Aquello era cultura

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Mi padre solo compraba libros de ufología y esoterismo, libros que abandonaba generalmente en la sexta o séptima página. Yo, en cambio, los leía con avidez creyendo que aquello era cultura. No había poesía ni narrativa en mi casa, solo libros de Samael Aun Weor y demás autores que yacen en el polvo y el olvido. Es por eso que practiqué la güija antes que fumarme un porro o hacer pellas en clase. Es por eso que la primera chica que pasó de mí fue la de la curva. Y cuando la armaba en clase, y el instituto requería la presencia de mis padres, mi viejo contactaba con los extraterrestres en vez de hacerlo con el director.

11/ Me llamo

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Me llamo Dwagandé Ruiz García. Tengo veintiún años. Mis padres me concibieron en plena luna de miel, en un safari en Kenia. En honor al dialecto de un guía muy amable, mi padre convenció a mi madre para que me llamasen Dwagandé. Cuando, ya de mayor, les pregunté qué significaba eso, me dijeron que “Amigo”. Me hizo sentirme bien, la verdad. Además, era el tiempo en que las partidas de nacimiento contemplaban los nombres más insospechados. Sin embargo, al poco de separarse mis padres, acudí a mi primer puesto de trabajo. Estaba asustado, nunca había pisado una oficina. Afortunadamente, me recibieron muy bien. Hasta que una de las empleadas, de origen keniata, se interesó por mi nombre. “Dwagandé”, dije yo. “¿Sabes qué significa?”, me preguntó. “Amigo”, respondí, orgulloso de no poseer un nombre vulgar, un nombre tomado de la Biblia o las telenovelas. La chica negó con la cabeza. “Significa Idiota. Es la lengua de mis ancestros. Significa Idiota”, dijo. Me puse rojo como un tomate. Así que el guía del safari de Kenia le llamaba idiota a mi padre, todo el tiempo. La verdad: un poco lelo, mi padre, sí que es. En fin. Ahora ya no queda nada de esa luna de miel y me han dejado con esto.

10/ Mi hija en 2030

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Cuando era niña, mis padres solían mostrarme unas grabaciones de su infancia cuya calidad era tan baja que conseguían paralizar todos mis sentidos, entendiendo ellos que era el asombro lo que me embargaba, y una emoción parecida a la suya, cuando lo que experimentaba era un sentimiento de incertidumbre tan grande que durante muchos minutos apenas podía pronunciar palabra, mientras trataba de comprender por qué a mí, y no a otra hija única, me había tocado la lotería de nacer en el seno de esa familia tan devastadoramente carente de buen gusto y, por qué no decirlo, de escrúpulos. En esas grabaciones de la infancia de mis padres aparecían unos seres estridentes, unas criaturas vociferantes que respondían al nombre de “Los payasos de la tele”, una estirpe de cómicos cuyas principales señas de identidad eran los sacos rojos que envolvían sus cuerpos, las pelucas angelicales, los sombreros y las narices postizas, Miliki, Fofito y Milikito para más señas. Las imágenes los mostraban cantando ante una enfervorizada audiencia de niños temas cargados de mensajes subliminales que no hacían más que incentivar el machismo rampante de aquellos años (“El auto de Papá”), la adicción a las drogas que acabaría con toda una generación de chavales en los años ochenta (“Cómo me pica la nariz”), o la cultura del capital y el acopio como manifestación suprema de la condición humana (“La gallina Turuleca”). Mis padres, como la mayoría de niños de su generación, aprendieron a gritar “bien” cuando se les preguntaba cómo estaban, otra estratagema de los cómicos en aras de la evasión y el mantenimiento del statu quo; hay que recordar que eran los últimos años de la transición, los padres de mis padres también dijeron “bien” cuando el referéndum no les preguntó si queríamos una monarquía, y luego siguieron diciendo “bien” cuando el cómico del puño y la rosa les aconsejó permanecer en la OTAN, “bien” cuando las brutales reconversiones industriales de los ochenta, “bien” al euro y a los recortes, porque eran necesarios. Todavía hoy recuerdo a mi bienintencionado padre animándome a gritar “bien” al unísono de todos esos niños ochenteros, aunque lo único que llegó a salir un día de mi boca de siete años fue una especie de baba de la desesperación, una espuma rara y blanca fruto de la más salvaje incredulidad.

9/ Código fuente

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En las escaleras mecánicas de la estación de autobuses de Sevilla, una mujer y un hombre de avanzada edad se cayeron de bruces poco antes de aterrizar. Primero fue ella la que se derrumbó, y su marido no quiso o no pudo evitarla, y se desplomó tras ella. Se activó el protocolo de emergencia y el mecanismo de las escaleras se detuvo. Corrimos a asistir a los ancianos y los ayudamos a incorporarse. Nos dieron las gracias y nos preguntaron el número de dársena del autobús de Cádiz. El seis, les dije. La mujer asintió: el zai. El seis, repetí. La mujer insistió: el zai. El seis. El zai. El seis. El zai. Establecimos de esta manera, sin quererlo, un código fuente, un sistema binario compuesto por dos dígitos, no el uno y el cero, sino el seis y el zai, como lo define Anton Glaser en su History of Binary and other Nondecimal Numeration. Qué manera tan maravillosa de comenzar las vacaciones, que ya acabaron.

8/ Borracho y niña

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La calle es un río limpio de afluentes sucios. Un borracho dibuja meandros de regreso a casa. Una niña lo mira como se mira a Frankenstein. El borracho coge una flor y se la entrega. La niña pulsa los pétalos como si fuese un móvil. Decepcionada, la arroja al suelo. Sí. La calle es un río limpio de afluentes sucios.