19/ Mala hija

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Mi madre le ha dicho a una vecina suya, que tiene una duda sobre la pensión que recibirá cuando se jubile, que vaya a la oficina de la Seguridad Social donde trabajo y que pregunte por mí; luego me ha llamado para rogarme que le haga ese favor, que la vecina se presentará esta misma semana en la oficina y que por favor le atienda con carácter preferente, como ya hice antes con el carnicero donde compra la carne, con la peluquera donde se hace la permanente, con el dueño de la sala de juegos donde apuesta a las carreras de caballos, con la mujer esa con la que juega a las cartas, la que viste y maquilla a los muertos para el funeral, No mamá, esta vez se ha acabado, esta vez no voy a ceder, me van a dar el toque, dile a la vecina que pida cita como todo el mundo, estoy harta de pasarlo mal por estas cosas, esto de los favores es cosa de antes, de otro tiempo, de dos generaciones como mínimo por encima de la mía, Sí, ya sé que tu amiga me ayudó a nacer cuando rompiste aguas y no te dio tiempo a ir al hospital, y que cortó el cordón umbilical que nos unía con el cuchillo de su marido el carnicero, que luego me lo regaló por mi vigésimo cumpleaños, por eso mismo no quiero ser yo quien le diga que va a recibir una pensión de miseria, odio tener que arruinarle el día a la gente del barrio.

18/ La cola perfecta

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Salgo de casa, doblo la esquina y veo una enorme cola de gente que se pierde tras otra esquina. Pregunto. Es la cola de la panadería que vende pan a cincuenta céntimos. Remonto la cola, doblo la siguiente esquina y avanzo por la interminable línea de gente. Pregunto dónde está la panadería. “Querrá decir usted el banco –me dicen-. Esta es la cola del banco”. Vuelvo hacia atrás en busca de la intersección pero no la encuentro. Alguien que va a la panadería y al banco. Quizá se encuentran en la misma dirección. Quizá sean el mismo establecimiento, un nuevo concepto comercial, un banco que vende pan más barato que cualquier panadería. Así que sigo la cola pero esta no termina nunca. Plazas, avenidas, calles, esquinas, la cola avanza pero se pierde entre los edificios, entre la propia gente. Harto de caminar, me detengo y pregunto dónde está el banco. “Esta es la cola del empadronamiento”, me dice un inmigrante. Vaya. Vuelvo sobre mis pasos en busca de la intersección. Alguien que iba al banco y a empadronarse. Alguien que iba a la panadería y luego al banco. Busco con ansia la encrucijada pero no la encuentro. Busco puntos de fuga. Busco una explicación a este desafío geométrico. Quizá todos los destinos se encuentran en la misma dirección. Quizá todos sean el mismo establecimiento, un nuevo concepto administrativo, la tan ansiada ventanilla única: al empadronarte, te prestan dinero y te dan una barra de pan (yo antes era surfista, me caía y me volvía a levantar; la felicidad solo duraba unos segundos; hasta que encontré la cola perfecta).

17/ Merluza

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Reunión de padres en la guardería. Tema: el menú de las comidas. Se me ocurre preguntar si la merluza es fresca, de la ría. Los asistentes, en su mayoría madres, estallan en una sonora carcajada. La he vuelto a fastidiar. Se nota que hace tiempo que no me paso por el mercado, quizás toda la vida. “Yo realmente lo preguntaba por el anisakis”, intento arreglarlo como puedo. Pero ya es tarde. Ya me han tomado por tonto. Me siento como Rajoy, cuando lo que salía por su boca no reflejaba su pensamiento y todo el mundo se le echaba a la yugular. Cuando salgo de la guardería me meto en el primer bar que encuentro. Pido un gintonic y me gasto el dinero de la vuelta en la máquina tragaperras. Discuto con un borracho sobre la última encuesta del CIS. Le compro a un vendedor ambulante un mechero que no funciona. Salgo a la calle a fumar. Mi mujer me llama al móvil. Quiere saber cómo ha ido la reunión. Le cuento lo de la merluza y se parte de risa. No puedo ni hablar, de tanto que ríe. Hay días que es mejor no despertar.

16/ La novia de Luis

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Para presentarnos a su novia, Luis nos invitó a cenar a su casa. Algo sencillo. Jamoncitos de pavo rellenos y ensalada, todo ello regado con mucho vino. La mujer en cuestión se llamaba Julia. Tenía unas ojeras profundas y pinta de haber ingerido un buen cóctel de tranquilizantes. Su conversación era muy amena: “España es un estercolero infecto“, afirmó, cuando rozamos ligeramente el tema de la situación política del país. “Es la vida lo que carece de sentido. Muchas mañanas no puedo levantarme, ante el solo pensamiento de poner un pie en la calle“, dijo, cuando mi mujer se quejó de algo que no recuerdo. “No tengo hambre. En general como poco, todo me da asco“, nos informó, al comentar yo que no solía cenar mucho. “Cuando cierro los ojos me cuesta volver a abrirlos. La vida es una carga insoportable“, dijo, y no precisamente bebida. En fin. Una velada muy agradable. Como para repetir, la próxima vez en mi casa y con un flameado de gasolina de postre. En un momento dado, la mujer se excusó para ir al baño, momento que aproveché para preguntarle a Luis que a qué se dedicaba su amiga. “Ayuda a domicilio“, respondió. Mi mujer y yo nos miramos, aterrorizados. Amor mío, prométeme que cuando toque, me cambiarás los pañales. Yo prometo cambiártelos a ti, hagamos un juramento de sangre.

15/ Turista

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Hay ciudades que necesitan de operaciones quirúrgicas inmediatas. Hay ciudades en lista de espera en el hospital del mundo. Hay ciudades que esperan un trasplante de calle, de plaza, de estación ferroviaria. La ciudad donde vivo es una de ellas. Camino por sus tejidos, me siento en sus tejados, arrojo la basura en contenedores como quien guarda un tesoro, y siempre me compadezco de sus partes enfermas, dolientes, últimas. Vivo en una ciudad de calles trasplantadas en continuo rechazo, y esa lucha, y esa incomodidad se transmite a sus habitantes. Calles que no nos pertenecen. Calles de ciudades que decidieron donarlas. Calles bellas como orcos, moteadas por el impacto de los chicles. Calles que no quieren que se les llame calles, que no se identifican. Muelles de otros océanos. Travesías y bulevares donde los amantes raramente se encuentran. Alcantarillas de Londres. Rotondas de El Cairo (una vez fui un turista, un tipo que viajaba por placer; ahora solo viajo en busca de donantes: la ciudad me envía).

 

14/ Cinco años

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Cinco años sin ir al dentista. “Creíamos que habías muerto”, me dice la secretaria –más delgada que hace un lustro-, mientras me pide que espere en la sala vacía. Cojo una revista cualquiera. No me concentro. La última vez que estuve aquí no conocía a mi mujer, no tenía una hija y todavía reinaba Juan Carlos I. Me asomo a una ventana que no se puede abrir. No sería la primera vez que alguien se quitase la vida ante la perspectiva de un empaste, de un drenaje gingival. De la pared cuelga un taco calendario del Corazón de Jesús. Leo la cita que acompaña el día de hoy: “Ojo por ojo, diente por diente”. Qué casualidad. Y qué poco cristiano. Los valores se están desmoronando, como España, como mi dentadura. La última vez que vi el taco fue en los pasillos de la Audiencia Nacional. Un Tweet desafortunado me puso entre rejas. Cinco años sin ir al dentista. La última vez que estuve aquí no conocía a mi mujer (mi abogada), no tenía una hija (concebida en prisión) y uno todavía podía decir lo que le diera la gana sin acabar sentado en un banquillo.

13/ Una ayuda inesperada

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Cuando la camarera posó el café y el platito con los churros en la mesa, levanté la mirada del periódico y comprobé que le temblaba el pulso. Miré sus ojos y comprobé que estaban vidriosos. En ese momento, leía una noticia que hablaba de la misteriosa sustracción de material radiactivo contra el cáncer del hospital Meixoeiro de Vigo. Pero dejé de leer y le pregunté a la camarera qué le pasaba. “Son las navidades“, me dijo. Ah, pensé. Tiene nostalgia de su país. Ecuador, Perú,  Colombia, quizás Venezuela. “No -me dijo ella, que ya se había metido en mi cabeza-. Es que mañana es el primer domingo en que abren todas las tiendas, y por eso el jefe nos obliga a abrir la cafetería todos los días, de lunes a domingo. Estoy perdida. Ni un día de descanso. Maldito explotador sin escrúpulos“. “Tranquila“, le dije. Cogí el abrigo y extraje un frasco con un líquido incoloro en su interior. Se lo entregué a la camarera, con la instrucción de que vertiera unas gotitas en el gintonic que el jefe se tomaba todas las tardes. Ella sonrió y se fue, mientras yo volvía a la noticia de la sustracción de material radiactivo del hospital Meixoeiro, de Vigo.