21/ Ridículo en el concesionario

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Cuarenta años sin coche. Pero tengo una hija y hay que tenerlo, para llevarla a la playa y esas cosas. En el concesionario, mi mujer y yo firmamos la compraventa del Dacia, el vehículo más barato que encontramos. Formalizada la compra, le pregunto al vendedor que cuándo tiene que pasar la ITV. Mi mujer me lanza una patada bajo la mesa. Ah, que los coches nuevos no pasan ITV hasta transcurridos cuatro años. No lo sabía. El vendedor me mira con pena, más bien con asco. “Vamos a ver -le digo al fulano-. Yo no tendré ni idea de coches. Pero tú, ¿qué me puedes decir de Houellebecq, por poner un ejemplo?”. Le ataco con literatura francesa, que es la que más duele. Sin embargo, el listillo me sorprende: “Me gustó más Plataforma que Las Partículas Elementales. Hablo de ello en mi último libro, número uno en ventas en Amazon”. Increíble. Un vendedor de coches leído (y escritor, y por encima exitoso). Mi mujer me mira con verdadero odio. Estamos haciendo el ridículo. ¿Por qué libramos batallas que no podemos ganar? La culpa de todo la tiene la niña.

20/ Atasco

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Atasco monumental. Enciendo la radio. Otra vez el monotema: Cataluña. Para ser casi octubre, hace un calor insoportable. Apago la radio. Miro a mis vecinos de embotellamiento. Guardo la esperanza de que la ocupante del Seat que se halla a mi izquierda, casi a mi altura, se fije en mí. Es guapísima y hace poco que leí el famoso relato de Cortázar en que un hombre y una mujer se enamoraban en un atasco kilométrico a las afueras de París. Pero entre nosotros se interpone un repartidor de pizza. Santo dios bendito. ¿Quién pide pizzas a las doce y media de la mañana? Los conductores están de morros. Pitan una y otra vez hacia un culpable quimérico, inexistente. Es el momento de las corbatas. De acordarse cuánto aprieta una corbata en el pescuezo, en circunstancias como esta. Hace un calor insoportable. El monotema catalán llega hasta aquí, procedente de otras radios, de otros vehículos. “Despacito, despacito“, canta un tipo a mi derecha, al borde del llanto. Lo malo del cambio climático es que las canciones del verano se quedan hasta diciembre. Lo saben las discográficas, lo sabe Spotyfy. El cabreo es ensordecedor. Ojalá la del Seat repare en mí. Tengo cuarenta y tantos años. A la una menos cuarto tengo cita con el urólogo, ya llego tarde. No me importa. El primer tacto rectal de mi vida puede esperar.

 

 

 

19/ Mala hija

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Mi madre le ha dicho a una vecina suya, que tiene una duda sobre la pensión que recibirá cuando se jubile, que vaya a la oficina de la Seguridad Social donde trabajo y que pregunte por mí; luego me ha llamado para rogarme que le haga ese favor, que la vecina se presentará esta misma semana en la oficina y que por favor le atienda con carácter preferente, como ya hice antes con el carnicero donde compra la carne, con la peluquera donde se hace la permanente, con el dueño de la sala de juegos donde apuesta a las carreras de caballos, con la mujer esa con la que juega a las cartas, la que viste y maquilla a los muertos para el funeral, No mamá, esta vez se ha acabado, esta vez no voy a ceder, me van a dar el toque, dile a la vecina que pida cita como todo el mundo, estoy harta de pasarlo mal por estas cosas, esto de los favores es cosa de antes, de otro tiempo, de dos generaciones como mínimo por encima de la mía, Sí, ya sé que tu amiga me ayudó a nacer cuando rompiste aguas y no te dio tiempo a ir al hospital, y que cortó el cordón umbilical que nos unía con el cuchillo de su marido el carnicero, que luego me lo regaló por mi vigésimo cumpleaños, por eso mismo no quiero ser yo quien le diga que va a recibir una pensión de miseria, odio tener que arruinarle el día a la gente del barrio.

18/ La cola perfecta

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Salgo de casa, doblo la esquina y veo una enorme cola de gente que se pierde tras otra esquina. Pregunto. Es la cola de la panadería que vende pan a cincuenta céntimos. Remonto la cola, doblo la siguiente esquina y avanzo por la interminable línea de gente. Pregunto dónde está la panadería. “Querrá decir usted el banco –me dicen-. Esta es la cola del banco”. Vuelvo hacia atrás en busca de la intersección pero no la encuentro. Alguien que va a la panadería y al banco. Quizá se encuentran en la misma dirección. Quizá sean el mismo establecimiento, un nuevo concepto comercial, un banco que vende pan más barato que cualquier panadería. Así que sigo la cola pero esta no termina nunca. Plazas, avenidas, calles, esquinas, la cola avanza pero se pierde entre los edificios, entre la propia gente. Harto de caminar, me detengo y pregunto dónde está el banco. “Esta es la cola del empadronamiento”, me dice un inmigrante. Vaya. Vuelvo sobre mis pasos en busca de la intersección. Alguien que iba al banco y a empadronarse. Alguien que iba a la panadería y luego al banco. Busco con ansia la encrucijada pero no la encuentro. Busco puntos de fuga. Busco una explicación a este desafío geométrico. Quizá todos los destinos se encuentran en la misma dirección. Quizá todos sean el mismo establecimiento, un nuevo concepto administrativo, la tan ansiada ventanilla única: al empadronarte, te prestan dinero y te dan una barra de pan (yo antes era surfista, me caía y me volvía a levantar; la felicidad solo duraba unos segundos; hasta que encontré la cola perfecta).

17/ Merluza

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Reunión de padres en la guardería. Tema: el menú de las comidas. Se me ocurre preguntar si la merluza es fresca, de la ría. Los asistentes, en su mayoría madres, estallan en una sonora carcajada. La he vuelto a fastidiar. Se nota que hace tiempo que no me paso por el mercado, quizás toda la vida. “Yo realmente lo preguntaba por el anisakis”, intento arreglarlo como puedo. Pero ya es tarde. Ya me han tomado por tonto. Me siento como Rajoy, cuando lo que salía por su boca no reflejaba su pensamiento y todo el mundo se le echaba a la yugular. Cuando salgo de la guardería me meto en el primer bar que encuentro. Pido un gintonic y me gasto el dinero de la vuelta en la máquina tragaperras. Discuto con un borracho sobre la última encuesta del CIS. Le compro a un vendedor ambulante un mechero que no funciona. Salgo a la calle a fumar. Mi mujer me llama al móvil. Quiere saber cómo ha ido la reunión. Le cuento lo de la merluza y se parte de risa. No puedo ni hablar, de tanto que ríe. Hay días que es mejor no despertar.

16/ La novia de Luis

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Para presentarnos a su novia, Luis nos invitó a cenar a su casa. Algo sencillo. Jamoncitos de pavo rellenos y ensalada, todo ello regado con mucho vino. La mujer en cuestión se llamaba Julia. Tenía unas ojeras profundas y pinta de haber ingerido un buen cóctel de tranquilizantes. Su conversación era muy amena: “España es un estercolero infecto“, afirmó, cuando rozamos ligeramente el tema de la situación política del país. “Es la vida lo que carece de sentido. Muchas mañanas no puedo levantarme, ante el solo pensamiento de poner un pie en la calle“, dijo, cuando mi mujer se quejó de algo que no recuerdo. “No tengo hambre. En general como poco, todo me da asco“, nos informó, al comentar yo que no solía cenar mucho. “Cuando cierro los ojos me cuesta volver a abrirlos. La vida es una carga insoportable“, dijo, y no precisamente bebida. En fin. Una velada muy agradable. Como para repetir, la próxima vez en mi casa y con un flameado de gasolina de postre. En un momento dado, la mujer se excusó para ir al baño, momento que aproveché para preguntarle a Luis que a qué se dedicaba su amiga. “Ayuda a domicilio“, respondió. Mi mujer y yo nos miramos, aterrorizados. Amor mío, prométeme que cuando toque, me cambiarás los pañales. Yo prometo cambiártelos a ti, hagamos un juramento de sangre.

15/ Turista

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Hay ciudades que necesitan de operaciones quirúrgicas inmediatas. Hay ciudades en lista de espera en el hospital del mundo. Hay ciudades que esperan un trasplante de calle, de plaza, de estación ferroviaria. La ciudad donde vivo es una de ellas. Camino por sus tejidos, me siento en sus tejados, arrojo la basura en contenedores como quien guarda un tesoro, y siempre me compadezco de sus partes enfermas, dolientes, últimas. Vivo en una ciudad de calles trasplantadas en continuo rechazo, y esa lucha, y esa incomodidad se transmite a sus habitantes. Calles que no nos pertenecen. Calles de ciudades que decidieron donarlas. Calles bellas como orcos, moteadas por el impacto de los chicles. Calles que no quieren que se les llame calles, que no se identifican. Muelles de otros océanos. Travesías y bulevares donde los amantes raramente se encuentran. Alcantarillas de Londres. Rotondas de El Cairo (una vez fui un turista, un tipo que viajaba por placer; ahora solo viajo en busca de donantes: la ciudad me envía).