28/ Luisa y Pedrito

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Como todos los miércoles por la tarde, el jefe trajo a su hijo a la oficina (ignoramos las cuestiones domésticas que le obligan a hacerse cargo del pequeño los miércoles). Como siempre, el jefe lo sentó a la mesa que había pertenecido a Patricia y luego se encerró en su despacho. Y como ya es costumbre, el niño, una calcamonía física y psicológica de su padre, fue de mesa en mesa reclamándonos atención (generalmente quiere que le dibujemos cosas: vaqueros, indios, informáticos de Silicon Valley, y no nos queda otra que plegarnos a sus deseos). Sin embargo, aquel miércoles mi compañera Luisa tenía un mal día, una mirada extraña, un brillo peculiar en los ojos. Cuando el crío se acercó a su mesa…

PEDRITO: Hola Luisa. ¿Me dibujas algo?

LUISA: Antes quiero que me respondas a una pregunta. ¿Tú qué quieres ser de mayor?

PEDRITO: Jefe, como mi padre.

LUISA: Muy bien. Ya sabía yo que eras un niño muy listo.

PEDRITO: ¿Me dibujas algo?

LUISA: Pues mira, no puedo. Tienes que empezar a jugar solo y dejar que hagamos nuestro trabajo. ¿Sabes por qué?

PEDRITO: ¿Por qué?

LUISA: Porque si no nos dejas trabajar, el trabajo queda pendiente y tu padre tiene que cerrar la empresa. Y si tu padre cierra la empresa se va al paro como nosotras. ¿Sabes qué es el paro, Pedrito?

PEDRITO: No.

LUISA: El paro es donde está ahora Patricia. ¿Te acuerdas de ella, verdad? Es cuando una persona no tiene trabajo y no puede pagar el alquiler de la casa ni muchas cosas más. Pues lo mismo que le pasó a Patricia le puede ocurrir a tu padre. ¿Y sabes qué pasaría después?

PEDRITO: ¿Qué?

LUISA: Que tu padre se vería obligado a vender el velero que tenéis en Bayona y vuestra casa de Monteferro.

PEDRITO: ¿Mi casa?

LUISA: Sí, tu casa. Y también la casita de tu perro Ronaldo, que sé que lo quieres mucho.

PEDRITO: Pero entonces, ¿dónde dormiremos Ronaldo y yo?

LUISA: Muy buena pregunta. Mira, ¿tú estuviste alguna vez en el Paseo del Príncipe, donde hay muchas tiendas y gente paseando? ¿Sí, verdad? ¿Y tú nunca viste a unos señores muy feos, con el pelo muy largo y muy sucio tocando la flauta y pidiendo dinero a la gente?

PEDRITO: Sí. Me dan mucho miedo. Y también tienen perros…

LUISA: Así es, Pedrito. Unos perros muy sucios. Pues a esos señores se les llama perroflautas. Y tu perro Ronaldo y tú acabaréis como ellos si tu padre tiene que vender la casa porque se va a la calle porque no nos dejas trabajar. ¿Lo entiendes?

PEDRITO: Pero yo no quiero ser un perroflauta…

LUISA: Yo tampoco, cariño. Por eso, como de mayor vas a ser jefe y dirigir a nuestros hijos, debes aprender desde ya a no hacernos la vida imposible y a dejarnos tranquilos. Si no aprendes esta lección, te aseguro que os veo a ti y a Ronaldo durmiendo el próximo invierno en plena calle, bajo un montón de cartones. Y ahora, ¿quieres que te dibuje algo?

PEDRITO: No. Ya dibujo yo solo.

27/ Nadie al piano

Compré un piano que no toco, y aunque no lo toco, no dejo que nadie lo toque. No dejo que mi gata se suba encima. Cuando abro la ventana, el aire hace volar mi única partitura y yo bailo por la habitación como si fuese dinero. No entiendo por qué me he aferrado tanto a algo que no comprendo. No comprendo por qué me afecta tanto que la gata le haga daño. No hago daño a nadie con mi comportamiento. Me comporto como un necio cuando levanto el velo de plástico que lo cubre y no escucho esto:

 

26/ Caballos y ponis

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Mientras el comercial del banco me va pasando y retirando las hojas a medida que las firmo, yo solo pienso en la tele. Mientras domicilio mi nómina y meto toda mi pasta en este famoso banco, yo solo pienso en la tele. Sí, la tele que regalan por domiciliar la nómina, una SmartTV con conexión a Internet y no sé cuántas cosas más, lo que me hace sentirme más listo que ellos, aunque solo sea en este instante, infinitamente más listo y egoísta y práctico que todo el sistema financiero junto, porque si me cambio de banco solo es por la tele, y si dentro de dos meses otro banco me ofrece una batidora, me vuelvo a cambiar, esa es la venganza del ciudadano, un residuo de su dignidad, moverse como una serpiente. Ya está, todo firmado, todo domiciliado, ya tengo VISA y una cuenta de ahorro. Pero, ¿y la tele? Como si leyera mi pensamiento, el comercial me mira y me dice: “Como funcionario le corresponde una SmartTV de cuarenta y tres pulgadas“. ¿Funcionario? ¿Pero qué dice? Si yo no soy funcionario… Como si me volviera a leer el pensamiento, el comercial revisa la documentación y se corrige: “Disculpe. Creía que era funcionario. Es usted panadero. Entonces le corresponde una de treinta y dos pulgadas“. No puede ser. ¿Treinta y dos pulgadas por ser panadero? “No, treinta y dos por no ser funcionario“, matiza el tipo. “Una vez preparé oposiciones para policía local, ¿eso vale?“, me abrazo desesperadamente a esta baza, pero el comercial se encoge de hombros. “A caballo regalado no se le mira el diente“, me dice. “Ya, pero esto es un poni“, me quejo, indignado.

25/ Óscar

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En 2007 yo todavía no conducía muy bien. Me acababa de comprar un Seat Ibiza de segunda mano que solo usaba los domingos y a la hora de la siesta, para practicar. Un día, sin embargo, decidí lanzarme a la aventura y cogerlo el sábado más caluroso de septiembre. Yo iba vestido de camisa y corbata, no recuerdo por qué, y el coche no tenía aire acondicionado. Pues bien. En una rotonda tomé por error la salida hacia la autovía, y en un abrir y cerrar de ojos ya había dejado atrás la ciudad. Unos kilómetros más adelante, tomé precipitadamente otra salida y la lié del todo: no tenía ni idea de dónde me encontraba. Finalmente, me detuve en un Stop. Una hilera de vehículos circulaban en la misma dirección. Me dije: seguro que van a Vigo. ¿Adónde, si no, iba a ir tanto coche? Así que los seguí, pero en nada comenzaron a subir por una estrecha vía de montaña, y yo detrás. ¿Un atajo? ¿Obras en la carretera principal?, me preguntaba. Sin embargo, pronto los coches fueron haciéndose a un lado, hasta que me quedé solo, circulando a muy poca velocidad. Fue entonces cuando vi a toda esa gente histérica apostada en los arcenes. Algunas personas comenzaron a abalanzarse sobre el capó, al tiempo que me llamaban por mi nombre: “¡Óscar! ¡Óscar!”, gritaban como locos. ¿Qué significaba aquello? ¿Cómo carajo me conocían? A pesar del calor y la corbata, que me estaba matando, subí la ventanilla del todo. A continuación escuché una sirena. Por el espejo retrovisor vi un coche patrulla de la Guardia Civil, cuyo conductor me ordenaba que me detuviese, y así lo hice. El guardia civil disolvió la muchedumbre, que no dejaba de gritar mi nombre, y me preguntó que a dónde me dirigía. “Yo solo quiero regresar a Vigo“, le dije, al borde del llanto y sudando copiosamente. Fue cuando vi todas esas letras blancas sobre el asfalto: VAMOS ÓSCAR. FORZA ÓSCAR. ÓSCAR CAMPEÓN. Vaya. O mucho me quería la gente o me había metido de lleno en una de las etapas de la Vuelta Ciclista a España, a su paso por Galicia. Porque solo entonces supe que la gente quería ver al ganador del Tour Óscar Pereiro, y no a Óscar Montoya, escritor autoeditado. Así que me subí al coche, crucé la meta del Premio de Montaña y me dirigí, siguiendo las indicaciones del guardia civil, a Vigo. Al llegar a casa, encendí la tele para ver cómo Óscar pasaba por donde Óscar ya había pasado antes. Y me dije: algún día tendrás que contar esta historia.

24/ Jefe bio

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Qué lechugas, qué tomates, qué patatas. Desde que mi jefe se divorció, ha convertido su hogar en un templo de lo orgánico, de lo sano, de la biodiversidad. Paneles solares coronan su casa. Lo que cultiva es para su propio consumo. Los huevos de la ensalada tienen una pinta estupenda, se diría que a las gallinas las ampara un convenio colectivo mejor que el mío. Su nueva novia es rarita. Mi mujer piensa que es la inductora de todo esto, de la transformación del otrora tiburón de los negocios en una suerte de cazador recolector crepuscular. Es como el Cuento de Navidad de Dickens en versión bio. El ogro, el tirano, el que nos explotaba, ahora nos sigue explotando pero se marca detalles como esta cena. “Montoya -me había dicho unos días antes-. ¿Cuánto lleva en la empresa? Le invito a usted y a su mujer a cenar a casa“. Y qué cena. Y qué tomates. Todo riquísimo. Pero algo en mis entrañas se desmorona y siento la necesidad de utilizar el retrete. Ya amanecí con molestias, no debería haber comido tanto. “¿El cuarto de baño?“, le pregunto a mi jefe. “¿Vas a hacer de vientre?“, responde mi anfitrión, dejándome de piedra. “Esto… yo…“, balbuceo. Mi mujer me lanza un puntapié bajo la mesa. “¿Has tomado antibióticos o ingerido carne tratada con antibióticos?“, me suelta ahora el empresario. “Esto… …yo…“, sigo sin saber qué decir, muerto de vergüenza. “Verás, Montoya -se explica el fulano-. El váter está diseñado para conservar las heces. Las utilizamos como abono de las hortalizas y verduras que tienes en tu plato. Si no has consumido antibióticos ni hormonas puedes cagar sin problema“. Vaya. Todo riquísimo, sí. Pero prefería la patronal de antes.

 

 

 

 

 

23/ Mecano

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Mi obsesión por Mecano, y por otros grupos de los ochenta, comenzó una lluviosa y tibia noche de octubre, mientras mi hija de año y medio dormía y mi mujer calcetaba en el salón un poncho de colores apagados. Días antes, humanos desalmados habían quemado miles de hectáreas de monte gallego y los independentistas Sánchez y Cuixart habían sido enviados a Soto del Real por orden de la jueza de la Audiencia Nacional, Carmen Lamela. Se entiende que en tales circunstancias, me hallase tan bajo de defensas que la nostalgia –esa vieja y hermosa bacteria-, hiciese mella en mí. ¿Y por qué Mecano? Lo explicaré. Tiene que ver, precisamente, con los mecanismos de la nostalgia. Yo fui uno de los que en mi tiempo puse a parir al grupo, por presuntamente pijo y porque me caían mal los hermanos Cano, a quienes mi prejuicio obrero hacía de buena familia. Sin embargo, mi país, mi sociedad, mi mundo, se va alejando tanto del que conocí, que la añoranza se ha convertido en una especie de Arca de Noé del recuerdo donde no puede faltar nada ni nadie. Dentro de ese Arca, la música de Mecano me parece ahora excepcional. Dentro de ese Arca, conservo la imagen de España que siempre he tenido, y no la que ahora unos y otros nos quieren vender. Dentro de ese Arca, los que ya no están entre nosotros vuelven a ser niños. Dentro de ese Arca, no hay más animales que mis viejos amigos.

 

22/ Influencer encuentra a dios

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Me lo advirtió mi representante, No te hagas selfies en lugares elevados, y menos en la azotea del rascacielos más alto de Benidorm, y ahora, mientras caigo al vacío, mientras me aproximo al suelo enfundada en mi vestido de Bershka, pienso en las palabras de mi representante, pienso en cómo he podido ser tan estúpida, y en la muerte tan ridícula que me espera, en eso sigo una tradición familiar, a mi padre se le paró el corazón sobre una muñeca hinchable, a mi bisabuelo le cayó un peñasco encima mientras se trajinaba una gallina, pero también pienso en dios, el último like que me falta, el más preciado, y en que en nada me reuniré con él, extraña manera de alcanzar el cielo, Benidorm a mis pies, las nubes cada vez más lejos, los ancianos y  los ingleses borrachos cada vez más cerca, ya lo dijo San Juan de la Cruz, No habrá quien alcance / Y abatime tanto tanto/ que fui tan alto tan alto / que le di a la caza alcance, es decir, que cuanto más bajo caigas más cerca te encontrarás de dios, y yo voy como un cohete hacia abajo, disparada hacia abajo, mi mente proyecta escenas de mi vida, la comunión, el primer vestido, la primera foto, el entierro de mi padre, Benidorm es precioso, la gente subestima Benidorm, me contrató el ayuntamiento para hacerlo viral, les saqué una pasta, tengo veinte años pero el doble de vida, ya casi estoy, libero el móvil de mi mano, menos mal que le compré una funda con paracaídas, la tenemos cuatro, ya casi estoy, ya distingo al creador, ebrio y sin camiseta, con un escudo del Liverpool tatuado en el pecho.