10/ Mi hija en 2030

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Cuando era niña, mis padres solían mostrarme unas grabaciones de su infancia cuya calidad era tan baja que conseguían paralizar todos mis sentidos, entendiendo ellos que era el asombro lo que me embargaba, y una emoción parecida a la suya, cuando lo que experimentaba era un sentimiento de incertidumbre tan grande que durante muchos minutos apenas podía pronunciar palabra, mientras trataba de comprender por qué a mí, y no a otra hija única, me había tocado la lotería de nacer en el seno de esa familia tan devastadoramente carente de buen gusto y, por qué no decirlo, de escrúpulos. En esas grabaciones de la infancia de mis padres aparecían unos seres estridentes, unas criaturas vociferantes que respondían al nombre de “Los payasos de la tele”, una estirpe de cómicos cuyas principales señas de identidad eran los sacos rojos que envolvían sus cuerpos, las pelucas angelicales, los sombreros y las narices postizas, Miliki, Fofito y Milikito para más señas. Las imágenes los mostraban cantando ante una enfervorizada audiencia de niños temas cargados de mensajes subliminales que no hacían más que incentivar el machismo rampante de aquellos años (“El auto de Papá”), la adicción a las drogas que acabaría con toda una generación de chavales en los años ochenta (“Cómo me pica la nariz”), o la cultura del capital y el acopio como manifestación suprema de la condición humana (“La gallina Turuleca”). Mis padres, como la mayoría de niños de su generación, aprendieron a gritar “bien” cuando se les preguntaba cómo estaban, otra estratagema de los cómicos en aras de la evasión y el mantenimiento del statu quo; hay que recordar que eran los últimos años de la transición, los padres de mis padres también dijeron “bien” cuando el referéndum no les preguntó si queríamos una monarquía, y luego siguieron diciendo “bien” cuando el cómico del puño y la rosa les aconsejó entrar en la OTAN, “bien” cuando las brutales reconversiones industriales de los ochenta, “bien” al euro y a los recortes, porque eran necesarios. Todavía hoy recuerdo a mi bienintencionado padre animándome a gritar “bien” al unísono de todos esos niños ochenteros, aunque lo único que llegó a salir un día de mi boca de siete años fue una especie de baba de la desesperación, una espuma rara y blanca fruto de la más salvaje incredulidad.

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