11/ Me llamo

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Me llamo Dwagandé Ruiz García. Tengo veintiún años. Mis padres me concibieron en plena luna de miel, en un safari en Kenia. En honor al dialecto de un guía muy amable, mi padre convenció a mi madre para que me llamasen Dwagandé. Cuando, ya de mayor, les pregunté qué significaba eso, me dijeron que “Amigo”. Me hizo sentirme bien, la verdad. Además, era el tiempo en que las partidas de nacimiento contemplaban los nombres más insospechados. Sin embargo, al poco de separarse mis padres, acudí a mi primer puesto de trabajo. Estaba asustado, nunca había pisado una oficina. Afortunadamente, me recibieron muy bien. Hasta que una de las empleadas, de origen keniata, se interesó por mi nombre. “Dwagandé”, dije yo. “¿Sabes qué significa?”, me preguntó. “Amigo”, respondí, orgulloso de no poseer un nombre vulgar, un nombre tomado de la Biblia o las telenovelas. La chica negó con la cabeza. “Significa Idiota. Es la lengua de mis ancestros. Significa Idiota”, dijo. Me puse rojo como un tomate. Así que el guía del safari de Kenia le llamaba idiota a mi padre, todo el tiempo. La verdad: un poco lelo, mi padre, sí que es. En fin. Ahora ya no queda nada de esa luna de miel y me han dejado con esto.

10/ Mi hija en 2030

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Cuando era niña, mis padres solían mostrarme unas grabaciones de su infancia cuya calidad era tan baja que conseguían paralizar todos mis sentidos, entendiendo ellos que era el asombro lo que me embargaba, y una emoción parecida a la suya, cuando lo que experimentaba era un sentimiento de incertidumbre tan grande que durante muchos minutos apenas podía pronunciar palabra, mientras trataba de comprender por qué a mí, y no a otra hija única, me había tocado la lotería de nacer en el seno de esa familia tan devastadoramente carente de buen gusto y, por qué no decirlo, de escrúpulos. En esas grabaciones de la infancia de mis padres aparecían unos seres estridentes, unas criaturas vociferantes que respondían al nombre de “Los payasos de la tele”, una estirpe de cómicos cuyas principales señas de identidad eran los sacos rojos que envolvían sus cuerpos, las pelucas angelicales, los sombreros y las narices postizas, Miliki, Fofito y Milikito para más señas. Las imágenes los mostraban cantando ante una enfervorizada audiencia de niños temas cargados de mensajes subliminales que no hacían más que incentivar el machismo rampante de aquellos años (“El auto de Papá”), la adicción a las drogas que acabaría con toda una generación de chavales en los años ochenta (“Cómo me pica la nariz”), o la cultura del capital y el acopio como manifestación suprema de la condición humana (“La gallina Turuleca”). Mis padres, como la mayoría de niños de su generación, aprendieron a gritar “bien” cuando se les preguntaba cómo estaban, otra estratagema de los cómicos en aras de la evasión y el mantenimiento del statu quo; hay que recordar que eran los últimos años de la transición, los padres de mis padres también dijeron “bien” cuando el referéndum no les preguntó si queríamos una monarquía, y luego siguieron diciendo “bien” cuando el cómico del puño y la rosa les aconsejó entrar en la OTAN, “bien” cuando las brutales reconversiones industriales de los ochenta, “bien” al euro y a los recortes, porque eran necesarios. Todavía hoy recuerdo a mi bienintencionado padre animándome a gritar “bien” al unísono de todos esos niños ochenteros, aunque lo único que llegó a salir un día de mi boca de siete años fue una especie de baba de la desesperación, una espuma rara y blanca fruto de la más salvaje incredulidad.

9/ Código fuente

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En las escaleras mecánicas de la estación de autobuses de Sevilla, una mujer y un hombre de avanzada edad se cayeron de bruces poco antes de aterrizar. Primero fue ella la que se derrumbó, y su marido no quiso o no pudo evitarla, y se desplomó tras ella. Se activó el protocolo de emergencia y el mecanismo de las escaleras se detuvo. Corrimos a asistir a los ancianos y los ayudamos a incorporarse. Nos dieron las gracias y nos preguntaron el número de dársena del autobús de Cádiz. El seis, les dije. La mujer asintió: el zai. El seis, repetí. La mujer insistió: el zai. El seis. El zai. El seis. El zai. Establecimos de esta manera, sin quererlo, un código fuente, un sistema binario compuesto por dos dígitos, no el uno y el cero, sino el seis y el zai, como lo define Anton Glaser en su History of Binary and other Nondecimal Numeration. Qué manera tan maravillosa de comenzar las vacaciones, que ya acabaron.

8/ Borracho y niña

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La calle es un río limpio de afluentes sucios. Un borracho dibuja meandros de regreso a casa. Una niña lo mira como se mira a Frankenstein. El borracho coge una flor y se la entrega. La niña pulsa los pétalos como si fuese un móvil. Decepcionada, la arroja al suelo. Sí. La calle es un río limpio de afluentes sucios.

7/ Bollycaos

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A la salida de la Feria del Vino de O Rosal, una pareja de la Guardia Civil me ordena detener el coche. Es la una de la madrugada. El agente me pide la documentación, me ordena abrir el maletero y, finalmente, me pregunta: “¿Qué ha tomado?“. A su derecha, junto a la carretera, se levanta un cartel enorme de la Feria del Vino de O Rosal; mientras que por la izquierda nos adelanta un vehículo conducido por un tipo rojo como un tomate. “¿Qué ha tomado?“, insiste. “Unos bollycaos“, respondo. El otro agente estalla en una sonora carcajada. El guardia civil de la pregunta obvia se contagia y ya no puede parar de reír. La ironía me sirve para librarme del control, y me dejan ir. Mientras conduzco imprudentemente a casa (jamás se debe ir bebido al volante) pienso en el bien que la bollería industrial me ha hecho, a lo largo de mi vida. Pienso también en los guardias civiles cuando eran niños y jugaban en el patio del colegio a polis y ladrones, y siempre elegían lo segundo. Pienso en estos tiempos llenos de patrias, presos y exiliados, y en que no conozco mejor exilio que la infancia.

6/ La Facultad es sueño

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Da igual la edad que tengas, mientras estés vivo nunca dejarás de soñar de vez en cuando con que te falta una asignatura para acabar esa carrera que terminaste veinte años atrás, o que llegas tarde al examen más importante de tu vida o a defender tu trabajo de Máster delante de un tribunal, salvo que la vida sea en realidad un sueño, como decía Calderón, y realmente todo esto no esté pasando, Es lo que pienso decirle al Juez cuando decida imputarme, cuando mi condición de aforado ya no sirva de nada: que ni yo tengo el Máster ni él es Juez, ni el Fiscal es Fiscal, ni mi abogado defensor es lo que aparenta, ni nadie es nadie porque el sistema educativo español es sueño, o al menos a mí me lo producía cuando estudiaba, menuda manera de bostezar, de arrastrar los pies por el campus, y por eso yo no sueño con lo que no tengo, señor Juez, y duermo a pierna suelta, y por las mañanas me levanto descansado y desayuno como un león mientras ensayo esa sonrisa que me ha llevado tan lejos.

 

 

 

5/ Aquí dentro

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Aquí dentro, encerrado en el cuarto de baño del trabajo, sigo sin asimilar que es lunes. Sobre el retrete, recuerdo mis sueños infantiles: “¿Qué quieres ser de mayor?”, me decían. “Científico de la NASA”, respondía yo. Cuarenta años después, pertenezco a la más baja casta de currantes de mi oficina: un administrativo rutinario y gris que debe darse con un canto en los dientes. Lástima. Yo estaba destinado a hacer grandes cosas. Reacio a la posibilidad de un más allá, volqué todas mis energías en esta vida. De nada ha servido. Hasta aquí llega el lamento de la fotocopiadora. Y el silencio lunar (de lunes, claro) de mis dormidos compañeros. “Científico de la NASA”, decía yo. ¡Ja! Tiro de la cadena. Gases, metano, imposibilidad de vida. Al menos, en este reducido espacio, he conseguido recrear la atmósfera de uno de los satélites de Saturno.